Ítaca
Ithaca
Ítaca Ítaca despierta con un rugido al sentir el sol en sus andenes Y gruñe cada mañana soltando hedores en sus calles. Mientras el sol la abraza, Ítaca abre sus millares de bocas hambrientas, Que luego alimenta con pan y leche, Con billetes malolientes y monedas grasientas. Ítaca se erige en medio de afanes y parpadeos incesantes. Como si fuera un campo de batalla, en Ítaca todos los ojos del espanto se clavan en tu bolsillo; y caminas escuchando las historias del andén y los motores, respirando el aire metálico de los transeúntes. Ítaca engulle cada pedazo de tierra húmeda, cada hoja fresca. Y se extiende cada día con el aire ahora tiznado, con sus aguas encerradas en plástico, con su gente atorada en calles inexorables.
Ithaca Ithaca wakes up roaring when she feels the sunshine on her sidewalks and she growls every morning farting in her streets. While the sun embraces her, Ithaca opens thousands of hungry mouths, which she feeds with bread and milk, with stinky notes/bills and greasy coins. Ithaca rises among unceasing haste and blinking. As if in a battlefield, at Ithaca, all the eyes of terror dive into your pocket; and you walk listening to the stories of the sidewalks and the engines, you walk breathing the metallic air of the pedestrians. Ithaca gobbles down every piece of moist soil, every fresh leaf. She expands everyday with her smudged air, with her waters locked up in plastic, with her people stuck in unyielding streets.
En esta entrega decidí compartirles otro poema al que le guardo especial cariño. En el 2018, aún era empleada de la Universidad de La Sabana, y entusiasmada por haber ganado un tercer puesto el año anterior en el concurso que allá organizan, decidí participar de nuevo. Pero mi músculo de escribir estaba tan anquilosado luego de todos esos años de no escribir, que no me sentí capaz de garabatear algo nuevo. Entonces, busqué otro texto entre mis diarios y encontré varios fragmentos y frases que hacían referencia a lo que yo veía en las calles de Bogotá cuando llegué a esta ciudad a estudiar en la universidad en 1998. Gracias a la guía de mi papá, aprendí a moverme en la ciudad: él me enseñó a ubicar los cerros orientales como seña para identificar cuáles eran las calles y cuáles las carreras (en Bogotá las carreras van “paralelas” a los cerros orientales y las calles, perpendiculares); también me enseñó a usar el transporte público que no era Transmilenio. Aún camino mucho de la manera como mi papá me ha enseñado: observando todo a mi alrededor para cuidarme. Al andar a pie por Bogotá hay que estar alerta de todos y todo lo que hay alrededor, hay que mirar todo con el rabo del ojo. Seguramente así pillé detalles en las calles que fui anotando en mis diarios. No recuerdo cuándo o cómo escribí muchos de esos fragmentos porque eso fue hace como 25 años; pero sí recuerdo bien la primera vez que subí a la torre Colpatria: Ver a Bogotá así desparramada por encima de montañas hacia el sur y por encima de los humedales hacia el occidente, me dio la sensación de que la ciudad era como una ameba que se tragaba todo rastro verde. Y esa imagen sí me quedó rondando en mi mente y seguramente por eso, terminé garabateandola en mis diarios.
Recuerdo haber releído esos diarios (que ya no existen porque los quemé en un eclipse de luna) y “pescar” frases; recuerdo también transcribirlas a mano en un cuaderno nuevo. Cuando no encontré más frases, me vi frente a un montón de piezas de un rompecabezas sin armar en mi cuaderno nuevo. Y sin la menor vergüenza, empecé a jugar Lego con las frases y a completarlas o editarlas hasta que vi emerger un sentir en el texto que recogía eso que había observado en las calles al llegar a Bogotá. Dejé descansar ese borrador por unos días y luego lo edité hasta que quedó listo para enviar al concurso. Lo último que decidí fue el título. Y lo escogí pensando en el poema Ítaca de Kavafis. Eso sí lo recuerdo bien. El poema ganó un primer puesto en la categoría poesía de la cotidianidad ese año. Desafortunadamente, nunca fue publicado en ninguna parte.
Al traducirlo al inglés y escribir este ensayo, me doy cuenta de que mi relación con Bogotá es un tema que me interesa. A pesar de su hostilidad, Bogotá me ha dado educación, amigos, cultura, familias elegidas, libros, buenos trabajos, experiencias de vida, literatura, bienestar, poesía. Bien puedo decir que Bogotá habita en mí así como yo habito en ella. Y me siento en gratitud por todo eso. Así que les pregunto, ¿Cuál es su Ítaca? ¿Dónde está o cuál es la ciudad que los habita?
In this installment of Pluma Afilada, I decided to share with you another special poem for me. In 2018, I was still working at Universidad de La Sabana. Thrilled by having won a third place in the poetry contest the previous year, I decided to participate again. But my writing muscle was so stiff, I didn't feel able to write anything new from scratch. So, I searched for another text in my journals and found fragments about what I saw in Bogotá when I arrived in this city to study at university in 1998. Thanks to my Dad’s guidance, I learned to commute in Bogotá: he taught me to locate the eastern mountains as a sign to identify which streets are calles and which streets are carreras (in Bogotá Carreras run parallel to the Eastern mountains and Calles run perpendicularly to those mountains. This is an important point of reference to decipher addresses); he also taught me to use public transportation which was not Transmilenio. At that time, public transport in Bogota was very chaotic and you needed to train yourself to read signs on all kinds of buses and manage to get off in a city where bus stops didn't exist…buses used to stop wherever the passengers or the drivers wanted to… complete mayhem. I still walk in Bogotá in the same way my Dad taught me to: observing everything around me to take care of myself. As a pedestrian in Bogotá you have to be alert of everybody and everything around you. You must observe everything around you with the corner of your eye. Probably, that was how I noticed details in the streets that I started to write down in my journals. I don't remember how or when I wrote all those fragments because that was like 25 years ago. But I do remember well the first time I climbed up to the rooftop of Colpatria Tower (now a tourist sightseeing point): I saw Bogotá all spread out over hills to the South, over former wetlands to the West and North. I had the sensation that the city had the shape of an amoeba that gobbled up every vestige of nature. This image did haunt me and that is why I may have well written it down in one of my journals.
I remember myself re-reading those journals (which don't exist anymore because I burned them in a moon eclipse), “fishing” phrases, and transcribing them to a new notebook. When I found no more phrases related to the city, I found myself in front of a dismantled puzzle. Shamelessly, I started to play Legos with the phrases, to complete them, to edit them until I saw an emotion coming out of the text that gathered what I had observed in the streets when I arrived in Bogotá. Then, I forgot about the text for a few days and then, I edited it until it was ready to send it to the contest. The last detail I wrote was the title. And I chose it thinking of a poem by Kavafis. I do remember it clearly. My poem Ithaca won first place in the category of everyday poetry. Unfortunately, it was never published.
When translating it to English and when writing this essay, I realize that my relation with Bogota is a theme I’m interested in. Despite its hostility, Bogotá has given me education, friends, culture, chosen families, books, good jobs, life experiences, literature, well-being, poetry. I can well say that Bogotá lives in me as I live in Bogotá. And I feel grateful for it. So now I ask you: What is your Ithaca? Where or what is the city that lives in you?



Tan diferentes la Ítaca de Kavafis que inspiró tu título y tu Ítaca basada en la Bogotá que empezabas a conocer y hoy conoces. Al leer tu historia pienso irremediablemente en mis diarios y en lo que pueda encontrar en ellos para luego utilizar en lo que escribo y tengo muchos y otros tantos los quemé una tarde de domingo en que intenté exorcizar desamores, y a veces me arrepiento porque había unas cartas que escribí para nunca entregar que eran tan bonitas, tanto que hoy quisiera tenerlas y... eso quizá me impide releer mis diarios, empezar a mutilar pedazos, trocear para convertir en material de incendio... ya veremos si al releerte mi alma se anima a hacer el ejercicio... en fin... no se trata de mí sino de ti: aunque no haya sido publicado, hoy tienes un poema para compartir con quienes te leemos y ten la certeza, por lo que menos desde mi lectura, que has logrado mostrar eso que veías con cuatro ojos en Bogotá que empezabas a habitar y eso, sin duda, hace que sea un buen escrito.
Mientras lo leía, antes de conocer la historia, pensaba cuál será esta Ítaca, qué calles serán las recorridas, no es esta la Ítaca a la que quisiera llegar después de recorrer el camino, quizá sea esta la que recorremos todos, la de verdad, la que intentamos dibujar de otra manera aunque sepamos que en el fondo es la real... ¡Gracias, Caro!
Ítaca no es un lugar, sino un metabolismo. No se llega a ella: se es digerido.
Y el viaje, ya ves, no era para encontrarte, sino para saber cuánto podías pudrirte sin dejar de amar.